Santander
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Aunque esto no es ni un análisis, ni a modo de balance electoral, la situación particular creada tras los resultados electorales sí guarda una enorme semejanza con sucesos que ya Colombia vivió hace poco más de setenta años.



Y es que hace setenta y dos años, en 1946, los sectores populares, democráticos y alternativos al bipartidismo oligárquico, fueron derrotados electoralmente, producto de la división −por asuntos que aquí no vamos a debatir. La propuesta para ahondar logros de los períodos que iniciaron en 1930 y por 16 años, fue superada por la candidatura de la derecha falangista que se mostró como de modernidad, concordia y anti sectarismo, siendo que aunque el presidente electo (un bobalicón godo y joven) prometía avances, quien estaba detrás, ‘El Monstruo’, Laureano Gómez, sería quien dictara las estrategias estatales. (Para quienes quieran, podemos debatir luego, qué llevó a que el partido de los comunistas, llamado en esa época PRD, y otros sectores democráticos, no incidiese más en una candidatura unitaria antigoda).

Pero bien: derrotada la candidatura oficialista liberal, y la alternativa representada por Gaitán, empieza a gestarse, desde el mismo día del triunfo derechista-falangista, la configuración de un gran bloque popular con miras a ganar en las elecciones de 1950. Pero también, desde el mismo día del triunfo precario de la derecha envalentonada, pero temerosa de la posibilidad de un ulterior triunfo de los sectores populares, y aun de antes de la posesión del nuevo presidente, se inicia una campaña de intimidación, amenazas, chantajes y atentados criminales, llegando hasta al asesinato selectivo de militantes de los sectores diferentes al ganador, aplicando el llamado de Laureano de 1940 a la “acción intrépida y al atentado personal”, y  promulgándose desde el gobierno la política de “a sangre y fuego”, que llevó al desencadenamiento de la más atroz violencia en campos, poblados y ciudades, y que alcanzó su clímax el 9 de abril de 1948 con el asesinato de Gaitán, lo que es considerado, con justa razón, el origen del actual conflicto interno.

La situación actual guarda enormes similitudes. Ha comenzado de manera selectiva, pero hasta ahora incontenible, el asesinato de líderes sociales en todo el país. Estos son selectivos porque son perpetrados en especial contra ciudadanos que hicieron campaña abierta por la candidatura alternativa de Petro. Contra sobrevivientes de la UP, del PCC, de Marcha Patriótica; contra activistas del Congreso de los Pueblos, contra las que los criminales consideran personas cercanas a la antigua insurgencia de las FARC. Contra dirigentes del campesinado en lucha por la restitución de tierras; contra líderes ambientales y opositores a megaproyectos mineros y extractivistas; contra maestros y activistas sindicales, comunales, y en general sectores sociales que han expresado de diversas formas su oposición al modelo de capitalismo rural representado por Uribe Vélez y sus condotieros filofascistas. Y aunque existen diferencias en cuanto a la naturaleza del proyecto alternativo representado por la coalición Colombia Humana (contra la que va dirigido el filo del nuevo exterminio) en comparación con el movimiento popular gaitanista gestado en 1946, las semejanzas son ostensibles.

Se trata ni más ni menos que de la intimidación preventiva contra las posibilidades de articulación unitaria para defender los avances del Acuerdo de La Habana; contra las protestas y movilizaciones (a las que se quiere encadenar mediante artificios leguleyos y el uso de la fuerza ya anunciados por el futuro ministro de guerra) y que tendrán que generalizarse ante las anunciadas –y las embozadas− medidas antipopulares en todos los órdenes que acometerá el nuevo gobierno, no solo aupado por el capo, sino direccionado en la venganza que se vislumbra contra el movimiento democrático, con el fin de paralizarlo y desarticularlo mediante el terror. La intimidación preventiva debe derrotarse en todos los sitios con las múltiples acciones del pueblo, para impedir un retorno a las condiciones de 1948 en adelante, que generaron la necesidad de la resistencia armada.

El viejo Marx escribió en su ‘18 Brumario de Luis Bonaparte’ que la “historia se repite: la primera como tragedia y la segunda como comedia”, lo que no es el caso colombiano, pues el “tiro en la nuca” de los 40, comparado con el asesinato a balazos o motosierra actuales son de nuevo, la tragedia.

Para las élites ultramontanas, fascistoides y hasta las contemporizadoras, uncidas al yugo de los intereses del gran capital trasnacional −por las migas y canonjías que recibe−, temerosas de perder sus privilegios, intimidar y paralizar a los sectores populares es una necesidad vital, a fin de evitar que puedan disputarle el ejercicio del poder, lo que muchos “ideólogos” del régimen de dominación ven como una perspectiva cierta para dentro de cuatro años. Por eso de nuevo van a combinar todas las formas: el asesinato, el desplazamiento, el extrañamiento, la judicialización, el encarcelamiento y todas las represiones económicas posibles, con lo que de paso (al igual que con el desplazamiento), cumplirán el doble propósito de usurpar nuevas riquezas en una nueva acumulación originaria.