Santander
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A 101 años (recién cumplidos) de la Revolución Bolchevique, que permitió a los obreros el “asalto al cielo”, e iniciar una era nueva, hay quienes tenemos nostalgias (saudade, suena más bonito), no solo del acontecimiento –en todo el esplendor de la palabra− sino de los logros de ese glorioso hecho, el más importante del siglo XX, junto a la derrota de fascismo (epopeya de esa misma Revolución).



Saber, por ejemplo, que el primer país del mundo en establecer la jornada de ocho horas diarias para el trabajo –consigna que provocó la Masacre de Chicago en 1886−, y que por eso obligó la creación de la OIT y su “recomendación” de la adopción de la jornada laboral con ese tope, fue la nacida República Socialista Federativa Soviética de Rusia, es algo sublime. Y recordar que en febrero de 1918, esa Revolución promulgó los “Derechos del pueblo trabajador y explotado”, como preámbulo de la Constitución Soviética, en que se contemplaron, por la primera vez, derechos a las mujeres, a las nacionalidades y a las minorías, es algo que al estudiarlo, hace comprender que esa epopeya proletaria es una de las más descollantes proezas de unas clases subalternas en beneficio de toda la humanidad.

Conocer que esa revolución se topó con la orden de Winston Churchill, de “ahogar al niño bolchevique en la cuna”, lo que desató la intervención militar, de amigos y enemigos de las vísperas (I Guerra Mundial), y que el tesón proletario-campesino los derrotó y expulsó, casi sin armas, y reconocer la ardentía de algunos de los cuadros-héroes de esas jornadas, hace que casi se nublen los ojos.

Saber que la figura del futuro Mariscal, gestó el ‘stajanovismo’, la industrialización intensiva, la producción de lo necesario, en una verdadera soberanía alimentaria y proveedora; lo que llevó a que la naciente URSS, en apenas 20 años, pasara a ser una potencia respetada. Que de país agrario y atrasado, pasara a ser el primer productor de acero, de petróleo, de máquinas-herramientas, de bienes de capital, mejorando de forma ostensible el nivel de vida de sus ciudadanos, y eliminando lacras del capitalismo, es algo exultante para nos, los nostálgicos.

Escudriñar, que a despecho de los pronósticos de Trotsky y sus aláteres de la espuria ‘IV Internacional’, y de su traición (como con el llamado Poum en España), la URSS no se doblegó, y que la llamada ‘Operación Barba Roja’ de Hitler fue repelida en todo lo ancho y largo, hasta llegar al asalto de Berlín y el enarbolamiento de la bandera roja con la hoz y el martillo (serp y molot), y la rendición incondicional de los gerifaltes del III Reich ante el camarada Shukov, el 9 de mayo (soviético), es algo que hace bailar el ánimo.

Que tras la muerte del gran Mariscal, Secretario General, acaecida en 1953, cuando en el XIX Congreso del PCUS, renunciara a la jefatura, y a ruego, hiciera parte del Comité Central del Partido, y la secretaría general pasara a ser ocupada por el cabrón del Jruschov, sí es culpa del cucho, por condescendiente y confiado.

Y que en 1953, año de la muerte del Gran Camarada, la URSS había reconstruido sus 1150 grandes ciudades, destruidas en la guerra contra al fascismo. Frente al monopolio gringo del terror (inaugurado el 6 y 9 de agosto de 1945, con las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki de los EE.UU.), la URSS había ya experimentado no solo su bomba atómica, sino su propio terrorífico invento: la bomba de hidrógeno. Y, que en una muestra de compromiso y solidaridad, del internacionalismo proletario, había ayudado a que la China Continental, RPDCH, se dotara de esas mismas armas, gracias al talento del camarada Pontecorvo.

Que a partir de la muerte del camarada Stalin, unos hijueputas como Jruschov, y luego Brezhnev y los que lo siguieron, hasta el traidor Gorvachov, hayan derruido la obra es otro cuento, que abordaremos en una próxima hablada de carreta.

Pero solo un comentario final: Ese Estado, partido y ejército eran tres güevas en tres vasos. Ningún partido, ni ninguna clase, ni ningún ejército han entregado el poder sin defenderlo.

Ya el cucho Bolívar, siempre sapiente, en célebre carta dijo que «una revolución solo es auténtica en la medid en que sea capaz de defenderse»