En desarrollo del proceso electoral pasado, cuando en el país se aglutinaron los más diversos sectores sociales y políticos, democráticos y de avanzada con el fin de ganar espacios en el Congreso de la República y luego en la aspiración presidencial para disputarle el manejo del poder a las castas oligárquicas que lo han detentado durante casi dos siglos, se reeditó el asesinato y la persecución más implacable contra líderes sociales, que amenaza con producir un nuevo genocidio político, como los varios acaecidos a lo largo de nuestra historia.

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En las dos grandes cadenas radiales (una cuyo dueño es un monopolio nacional –entroncado con el capital transnacional− y el otro propiedad de una transnacional de las comunicaciones, a saber, RCN, del monopolio Ardila Lülle, y Caracol del grupo español Prisa), existen unos “microfonistas” −con honrosas y contadas excepciones en cada caso− que no son periodistas en el estricto sentido, sino gentes que asumieron ladrar o hasta rumiar y rebuznar frente a un micrófono, porque tal vez no hallaron más nada qué hacer; y ellos, los eximios “comunicadores” y brahmanes de la orientación en cada uno de sus programas de opinión, siempre, indefectiblemente, “invitan” a debatir u opinar a personas, siempre, también, con un sesgo y falta de equilibrio, incluso personal, que desdicen de lo que debería ser −al menos en apariencia− la objetividad y ecuanimidad, esencia del periodismo, o como se estila decir hoy: comunicación social.

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