Tolima
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No hay que ser alarmista, ni exagerado, pero sí realista. Es muy grave lo que está sucediendo en Colombia. No se puede minimizar, ni ignorar. El futuro inmediato pinta oscuro para el país nacional como dijera Gaitán, con el presidente Iván Duque Márquez.



Es increíble la forma impune como las redes sociales se vienen llenando de amenazas contra los cuadros dirigentes de la oposición; lo vienen haciendo con entera libertad, a la luz del día, sin que haya siquiera un pronunciamiento serio por parte del gobierno nacional.

Dichos panfletos, seguramente no estarían saliendo de alcantarillas, estarían saliendo de brigadas y centros de inteligencia, tal como lo receta los manuales de inteligencia y contrainteligencia de la CIA. Así sucedió en los 60s cuando se conoció el triunfo del socialismo en Cuba.

Así las cosas, no estamos evolucionando, estamos involucionando con la llegada al poder del Centro Democrático una vez más, en esta oportunidad en cabeza de un joven inexperto fácil de manipular por el narcotraficante número 82, Álvaro Uribe Vélez, según la CIA. El país está al garete a merced de la mafia como lo denunció valientemente Gustavo Petro durante la campaña electoral.

El miedo es un fenómeno inherente al ser humano. El que diga que no siente miedo es un charlatán, un mentiroso. Acudiendo al dicho popular, algún personaje anzoateguiense, solía decir: “Al miedo no le han hecho pantalón”, yo diría: “Hay que hacérselo”. ¿Por qué? Porque el país nacional no se puede inmovilizar por el miedo, no puede entrar en pánico y abandonar el sueño quijotesco de ser libres y soberanos.

El terrorismo de Estado, que es lo que estamos viendo y viviendo, hay que contrarrestarlo con la unidad, la resistencia y la movilización. La unión hace la fuerza. Una golondrina no llama invierno, millones sí.

¿Qué es lo que quiere esta perversa oligarquía? Neutralizar la protesta, inmovilizar al pueblo para que no exija sus derechos fundamentales y esenciales, soporte con resignación su trágica existencia, mientras que esa minoría perversa y voraz, se atraganta las riquezas que son propiedad de todos y todas, los nacidos y las nacidas bajo este firmamento colombiano.

¿Lo vamos a permitir? ¿Nos vamos a dejar achicopalar de estos bandidos de cuello blanco? ¿Vamos a renunciar a ser libres, humanos y dignos, porque el miedo nos inmoviliza? “Mamola”, diría Jorge Eliécer Gaitán. En la adversidad se forja la grandeza humana, sobre todo, la libertad y la justicia social. “¡A la carga!”, vuelvo y cito al mártir del 9 de abril de 1948.

Combinación de las formas de agredir al pueblo

Esta oligarquía cicatera siempre ha utilizado como pretexto, caballito de batalla para exterminar a los comunistas, el cuento manido de la combinación de las formas de lucha. A partir de este concepto manipulado y acomodado, ha pretendido justificar el genocidio contra la izquierda, especialmente contra los comunistas. 

Pues qué ironía. La oligarquía es la que viene combinando todas las formas posibles para liquidar la resistencia y menguar el proceso democrático que se viene desarrollando hace rato en Colombia. Con Jaime Pardo Leal, tuvimos 300.000 votos. ¿Cuál fue la reacción del régimen? Desarrollar el genocidio contra los comunistas y la Unión Patriótica. En el marco de este infame plan de exterminio más de 5000 dirigentes y líderes cayeron villanamente asesinados a manos del binomio militar-paramilitar.

A pesar de esta fenomenal sangría, genocidio político, único en el mundo, con el maestro Carlos Gaviria Díaz, tuvimos casi 2.700.000 votos. ¿Paró la violencia contra el pueblo? No. Por el contrario. Se recrudeció en el marco de la “seguridad democrática” del propietario del Ubérrimo. Sin embargo, con Gustavo Petro Urrego, alcanzamos la cifra de 8.034.000 votos.

Ante este avance vertiginoso y contundente de la Colombia Humana, la oligarquía tiembla y temerosa, profundiza las formas de agresión contra el pueblo que se mueve y despierta con decisión y coraje. Combina todas las formas con sevicia.

Por un lado, arrecian las amenazas y los crímenes del paramilitarismo; por el otro lado, el gobierno anuncia proyectos para darle más dientes represivos al militarismo y la policía; por el otro lado, los medios masivos de comunicación renuncian a su misión ética y se colocan descaradamente al servicio del crimen de esta pútrida clase dirigente.

Y como si fuera poco, un número elevado de religiones y sectas se colocan al servicio de esta política de exterminio, utilizando al revés el mandamiento de Jesús cuando dijo: “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado”. La cúpula religiosa y pastores obnubilados por el dios dinero, han caído de hinojos ante esta clase social corrompida justificando sus horripilantes crímenes e injusticias sociales, llevando sus rebaños al sacrificio miserablemente.

Además, utilizan a dos manos los dineros sucios del narcotráfico y la corrupción. Se demostró – por ejemplo – que tanto la campaña uribista de Zuluaga como la de Santos, recibieron dineros de Odebrecht, del narcotráfico y no pasó nada. Santos terminó su mandato sin contratiempos y Uribe sigue dictando cátedra de honestidad y pulcritud con singular cinismo. Incluso, colocando presidente propio.

En esas condiciones, ¿Quién realmente combina las formas de agresión contra el pueblo en Colombia?

En esas condiciones, hay que duplicar la lucha y la resistencia. El miedo se combate con la unidad, la organización, la disciplina y la formación ideológica y política. El 26 de agosto, hay que salir a apoyar el referendo y marcar 7 veces Sí. También hay que incrementar la vigilancia revolucionaria. Cerrarle el paso a los violentos. No darle tregua. Denunciarlos. Luchar por la vida. Movilizarnos permanentemente y debatir con las criaturas que todavía siguen viendo en Uribe y su corte un dios en miniatura. No hay que renunciar a la batalla ideológica como lo indicara el comandante Fidel Castro. ¡Por la vida, hasta la vida!