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Conflicto armado
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Lo dije alguna vez en otro foro: no existe individuo en la historia de Colombia, con la excepción de Pablo Escobar, más “rodeado” por la muerte que Álvaro Uribe Vélez. Su comunión con el Espectro del Tridente es la cosa más asombrosa de la historia de Colombia.



A Pablo Escobar, al menos, se le asocia algunas veces con su programa de caridad “Medellín sin Tugurios”, o con el club de fútbol Atlético Nacional, pero Varito no da ni para eso.

No existe un colombiano con un aura más tétrica y fúnebre que Álvaro Uribe Vélez.

Estoy convencido de que, de acercármele algún día y verlo en persona, voy a ver alrededor de su rostro un halo oscuro, como el que aparece en las fotografías de los condenados a muerte por orden del hijo del diablo en la película “La Profecía” (1976), de Richard Donner.

Todo lo relacionado con el expresidente Uribe tiene que ver con la muerte, absolutamente todo. La muerte como signo fatal, la muerte como política, la muerte como programa de gobierno, la promesa de muerte (o la misma muerte) como amenaza sobre sus rivales, la muerte como disuasivo judicial, la muerte como instrumento anti-judicial, la muerte como compañera inseparable, y por último, la muerte como legado.

No queda la menor duda de ello: el gran legado de Uribe para los libros de historia serán el reguero de muertos que ha dejado en estos últimos 25 años.

Todo lo que toca, o ha tocado a Uribe, se marchita, termina en prisión, o muere. Hay engendros que irradian maldad con solo mirarlos, Varito es uno de ellos.

En mis 50 años de vida solo he sentido algo similar con la figura de Hitler. Hace 6 años, durante un año sabático que tomé para desconectarme de mi aburrida ocupación como consultor de sistemas, fui a Europa para enriquecer mi conocimiento de arte, arquitectura e Historia Militar, tres de mis pasiones intelectuales.

En Austria, viniendo de regreso de Salzburgo, la tierra que vio nacer a uno de mis héroes, Wolfgang Amadeus Mozart, pase por Braunau am Inn, el pueblo natal de Hitler, un apacible pueblo en la frontera con Alemania.

Solo por curiosidad, quise visitar la casa en donde el monstruo más grande del siglo XX nació, una deuda histórica que tenía conmigo mismo. Sin ningún tipo de mapa o Brochure del pueblo, me dispuse a buscar la casa que vio nacer al padre ideológico del nazismo.

Debí caminar por el pueblo por unos 10 minutos, hasta que sentí que iba en la dirección equivocada, algo que no sabría explicar porque nunca había estado en ese pueblo. Por puro instinto, y les estoy contando la verdad, doblé por ciertas calles, hasta que me tropecé con una gran piedra grabada que tenía una inscripción en alemán que hacía como expiación por la muerte de 6 millones de judíos.

Esa era la casa donde había nacido Hitler, una casa pintada en amarillo Habsburgo, de dos plantas, en el más puro estilo pequeñoburgués austro-bávaro.

Durante un par de minutos contemplé la piedra en absoluto silencio, intentando articular una oración, hasta que una fuerza inexplicable me empujó del lugar, algo que nunca antes ni después he experimentado en mi vida. Al día de hoy puedo decir que es la única sensación paranormal o extrasensorial que he experimentado.

Lo único parecido a esa sensación, lo único que se asemeja un poco a esa sensación que experimenté aquella mañana de octubre del 2013 frente a la casa donde nació Hitler, son los primeros planos de Uribe cuando aparece en televisión.

Siempre me pasa lo mismo: me corre por la espalda una sensación rara producto de su imagen siniestra. Hay algo que rodea a la figura de Varito que va más allá de lo físico y que queda reflejado en sus ojos. Varito mira para matar, no conozco a nadie que irradie más muerte a través de los ojos, que él.

Y a veces tengo la sensación de que un cuerno le va a crecer de ese grano rojo que adorna por estos tiempos su frente, como si tratara de la Bestia del Apocalipsis. Estoy seguro de que, si lo llego a conocer en persona, voy a sentir esa misma fuerza extraña que sentí en Braunau hace 6 años.

Y para apuntillar ese halo fúnebre y terrorífico, nada de lo que sale de su entorno ayuda a desvirtuar ese espectro mortal.

Los que matan o incentivan a matar en Colombia son, o alfiles de Uribe (Ejército, Policía), o gente inspirada ideológica o moralmente en Uribe (paramilitares, sus violentos seguidores, la Antioquia profunda tan asociada con el asesinato y las desapariciones).

Si alguien muere por sus convicciones políticas en Colombia, el país de inmediato vuelve su mirada hacia Uribe; si alguien muere en circunstancias extrañas, como los Pizano, por ejemplo, de inmediato todo el mundo vuelve su mirada hacia Uribe; si un muchacho muere en una de las pacíficas marchas que toman lugar por estos días, la mayoría de los colombianos se convence de que las órdenes para que así fuera las dio Uribe; si la Policía secuestra a alguien de manera ilegal, la mayoría de los colombianos asume (quizá correctamente) que esos policías siguen órdenes de Uribe.

Y si el pasado regresa para atormentarnos, como ha sucedido con el descubrimiento de una fosa común en Dabeiba, Antioquia, donde han sido encontrados los restos de 50 personas asesinadas como parte de la política de falsos positivos de la pasada década, todo el mundo vuelve su mirada a Uribe.

Es su departamento, era su tierra, él era el presidente, y medio centenar de testigos aseguran que él daba las órdenes. No existe la menor duda, esos 50 cuerpos son suyos, ¡sin escapatoria!

A pesar de que fue el Ejército el que masacró a esa pobre gente, nadie busca a los responsables dentro de la cúpula militar, todo el mundo responsabiliza a Uribe.

El caso legal del expresidente es una aberración como salida de “La dimensión desconocida”: los juicios a sus alfiles son como un Juicio de Nuremberg, pero estando vivo Hitler.

Todos los caminos de responsabilidades por las masacres y asesinatos conducen a Álvaro Uribe Vélez, y, de hecho, varios testigos lo incriminan directamente, pero el tipo no está muerto. Varito es una especie de Mengele que no se esconde en la selva paraguaya, sino uno que deambula por las calles de Múnich con un puro en la boca y a la vista de todos.

Que esos 50 cuerpos hayan visto la luz y Varito siga libre, es lo que nos hace una nación fallida. Esos muertos son tan de él, como el Ubérrimo o sus hijos. Uribe y esos 50 cuerpos están intrínseca y metafísicamente unidos.

Él es la muerte, y esos cuerpos son su cosecha. Sacar esos cuerpos de la tierra es como sacar yucas de un sembrado en el Ubérrimo. Uribe es el “gran sembrador de muerte” en la historia de Colombia. Esos muertos son sus “tubérculos”, el producto de su siembra. Eso es lo que él es, esa es su esencia, la muerte es su métier.

Veo salir esos cuerpos del jardín de paz de Dabeiba y me acuerdo de aquella canción de Billie Holiday titulada “Strange Fruit”, esa que habla de las “frutas extrañas” que colgaban de los árboles en el sur de los Estados Unidos durante los años de la segregación racial (los negros ahorcados por el Ku Klux Klan).

Hagan un experimento fotográfico la próxima vez que vean una foto del rostro de Varito. Háganle una ampliación a dicha foto y búsquense una lupa. Si enfocan la lupa en la ñoña roja en la frente de Varito, esa que parece el nacimiento de un cuerno, van a ver lo que allí dice. Se lee clarito, son tres números: 666…  

15 de diciembre de 2019

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Fuente:
http://www.elunicornio.co/los-50-de-varito/