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Hechos en apariencia triviales y anecdóticos que suceden en los Estados Unidos revelan la dura realidad que carcome a los pobres de ese país y muestran el verdadero rostro de “la pesadilla americana” en tiempos de coronavirus.



La pandemia y el trato que la primera potencia del mundo le está dando al COVID-19 ha evidenciado la desigualdad, la explotación, el racismo, la injusticia, la pobreza, el darwinismo social, el culto al dinero como normas supremas del capitalismo realmente existente.

La desigualdad, una característica estructural de los EEUU, sale a la luz pública en estos días, a través del desempleo y la inoperancia del sistema de salud cuando de atender a los pobres se trata.

Unos 45 millones de trabajadores, que se concentran en hotelería, gastronomía y sanidad, los sectores donde se impusieron las peores condiciones del trabajo basura, sin garantías sociales, precarizados, sin límite a la jornada laboral…, han quedado en la calle. Cuando más necesitan de asistencia médica por el peligro de contagio con el Covid-19 más desamparados se encuentran, porque al quedar desempleados pierden cualquier cobertura sanitaria, que en EEUU es un negocio de las grandes empresas médicas y farmacéuticas y de los seguros privados.

A medida que se expande la pandemia, que había ocasionado a finales de junio dos millones y medio de contagios y 126 mil muertos, lo lógico es que se necesitarán más y no menos trabajadores del sector sanitario.

Pero no es así, siendo este uno de los sectores más afectados por el desempleo, lo que indica que las clínicas y hospitales privados están cerrando o reduciendo actividades, sencillamente porque en las actuales condiciones no pueden realizar sus actividades “normales”, de medicina para ricos que tienen con qué pagar lo que se les facture y supone la base exclusiva de sus ingresos. No podía ser de otra forma, en un país cuyo sistema de salud se basa en el lema “cuanto tienes, cuanto vives”.

Para entender la perversidad de ese sistema viene la “anécdota”. El paciente se llama Michael Flor y su nombre ha adquirido triste celebridad en días recientes. Este ciudadano de 70 años, residente en la ciudad de Seattle, fue internado en una clínica el 4 de marzo, luego de experimentar una prolongada tos.

Con Covid-19 estuvo dos meses internado en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), la mitad del tiempo conectado a un respirador artificial, lindando la muerte, hasta el punto que las enfermeras se comunicaron con su familia para decirles que se despidieran por celular del paciente. Sin embargo, sobrevivió y luego de 62 días se recuperó. Salió del hospital, en medio de lágrimas de felicidad y aplausos por haber superado la enfermedad.

Al llegar a su casa recibió por correo una especie de libro de 181 páginas, que era una cuenta de cobro que le había enviado el hospital y en la que se le informaba que tenía una deuda de $1.122.501,04 dólares, contraída durante los dos meses en que había estado internado.

Con un sadismo técnico digno de mejores causas se le detallaba en forma minuciosa el precio de las “atenciones” que el hospital le había brindado: 9.736 dólares diarios por la sala de cuidados intensivos, 409.000 dólares por la sala esterilizada en que fue recluido durante 42 días, 82.000 dólares por usar un respirador artificial durante 29 días, 100.000 dólares por los cuidados de “última oportunidad”, un eufemismo para decir que se cobraba la atención que recibió durante los días que estuvo al borde de la muerte, los medicamentos costaban una cuarta parte de la deuda… En total, se detallaban con minucia 3.000 rubros de lo relacionado con su estadía en la clínica, en donde se le estaba cobrando literalmente hasta por respirar.

Con razón al enterarse, Michael Flor afirmo “Santo cielo, ¡la puta que te pario”! y enseguida entró en un estado de depresión con un alto sentido de culpabilidad que lo llevó a decir: «me siento culpable por sobrevivir. Hay una sensación de ‘¿por qué yo?’. Mirar el increíble costo de todo se suma a la culpa por sobrevivir”.

Se podría creer que este es un hecho aislado, y que como en las películas de Hollywood tuvo un final feliz puesto que, por el seguro público Medicare que tenía, Michael Flor no tuvo que pagar de su bolsillo el millón de dólares que se le cobraba. Por desgracia la realidad es menos hollywoodesca de lo que parece, puesto que en estos momentos en los EEUU la mayor parte de los contagiados son pobres, negros y de origen latino, que están sin empleo y no cuentan con ninguna cobertura médica. Esto debido al carácter privado y mercantil de la salud.

Así, de los 45 millones de desempleados, 27 millones han perdido su seguro médico, si es que lo tenían, y en cuanto a los que siguen con empleo, es casi un milagro que las empresas cubran su seguridad social, debido a que su cobertura depende de la “buena voluntad” de las aseguradoras médicas.

Para completar, antes del estallido del Covid-19, en los EEUU ya existían 87 millones de personas sin seguro médico o con un seguro limitado, que no garantiza que vayan a ser atendidos en plena pandemia, cuando los costos han alcanzado niveles estratosféricos, ya que, por ejemplo, estar cuatro días en una UCI, enchufado a un ventilador, tiene un precio de 88.000 dólares.

En estas condiciones, las perspectivas de un cuarto de millón de estadounidenses que hasta el momento han sido internados por coronavirus son tenebrosas para el resto de sus vidas, si llegan a sobrevivir, puesto que van a quedar endeudadas “for ever” (para siempre), esclavizados a una deuda perpetua, así tengan un seguro médico.

Ahora sí entendemos porque Donald Trump afirma que no se deben hacer pruebas, para así no saber quién tiene el Covid-19 en EEUU. Desde el punto de vista de la lógica mercantil de la vida esa afirmación es coherente, puesto que es mejor que la gente común y corriente se muera en la calle o en su casa en lugar de importunar al sistema médico capitalista, para el cual la vida de los pobres no vale nada, como se manifiesta con la reducción de las camas en los hospitales que se ha experimentado en todo EEUU en los últimos años.

Para los capitalistas de la salud sólo es valiosa la subsistencia de aquellos que tienen una gruesa billetera para seguir engordando sus ganancias, porque son una especie de vampiros que viven de chuparle la sangre a los pacientes.

Gráfica.- El virus que desenmascaró la “pesadilla americana” . Foto: Staff Códice Informativo

Publicado en El Colectivo (Medellín), No. 54, julio de 2020.

Fuentes: El Colectivo / rebelión.org