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Fue también la primera mujer de las FARC que participó activamente en un proceso de paz y cuya historia ha estado marginada



Se calcula que en la actualidad un 40 por ciento de los integrantes de la guerrilla de las FARC son mujeres. Mujeres que por distintos motivos eligieron la lucha armada como proyecto de vida. Martha Ardila Castellanos, mejor conocida como Mariana Páez, es una de esas mujeres que por más de 50 años han hecho parte del movimiento insurgente, pero cuyas historias de vida han sido en su mayoría desconocidas, tergiversadas o simplemente olvidadas.

Si estuviera viva, seguro hoy cumpliría un papel fundamental en la mesa de La Habana, ya que siempre fue una mujer con vocación de paz. Mariana llevaba en la sangre la lucha, pues su madre ha sido militante comunista de larga trayectoria, cofundadora del barrio Policarpa Salavarrieta, epicentro de batallas por la vida digna y la justicia social en Bogotá.

Antes de nacer, en 1962, Mariana ya sentía los desmanes de la violencia, pues su madre se enfrentó al desplazamiento y a la represión por parte de la fuerza pública. Nació en Bogotá en el Policarpa, barrio obrero donde su madre y muchas otras mujeres pelearon con sus hijos en brazos para evitar el desalojo de familias que iniciaban asentamientos.

En su niñez siempre se le enseñó sobre la historia de su barrio y sobre la lucha por la igualdad, por medio del arte, hacia parte de “los pioneritos”, espacio para los hijos e hijas de militantes comunistas. En la adolescencia, y con una gran sensibilidad social, iniciaría su militancia y su formación en la Juventud Comunista. A sus 15 años ya empezaba a vislumbrar su perfil como cuadro político. Terminó el bachillerato y continuó sus estudios en el SENA y luego en la universidad Incca. Allí desarrollo y demostró un gran potencial como líder estudiantil.

Para 1985 encaminaría sus sueños de una sociedad más justa, pues haría parte de la recién creada Unión Patriótica (UP). Vivió en carne propia la violencia sistemática ejercida por los señores de la guerra en contra de la UP, que dejaría como resultado más de 5.000 militantes asesinados, todo un genocidio cometido y perpetrado desde el Estado en coalición con grupos paramilitares. El exterminio dejó dos opciones: el exilio y la resistencia armada. Mariana escogió el segundo camino e ingresó a las FARC para salvaguardar su vida. Desde 1989 pasa a hacer parte de las filas guerrilleras.

Mariana entró al Frente Antonio Nariño, del Bloque Oriental, donde hizo parte de la emisora radial bolivariana “La voz de la resistencia”. También fue educadora, se destacó como militante, combatiente y revolucionaria, lo que la llevó a hacer parte de los Diálogos del Caguán con el gobierno de Andrés Pastrana. Allí se convirtió en la primera mujer que representó a las FARC en un proceso de paz como parte del comité temático, el equipo de apoyo que se encargó de organizar las audiencias públicas.

Luego de la ruptura de los diálogos de paz, retomó su labor en el Bloque Oriental en “La voz de la resistencia”. En el 2008, de nuevo haría parte del Frente Antonio Nariño que operaba en la región del Sumapaz. Allí desempeñó una labor de educadora, formando en términos políticos e ideológicos a la militancia guerrillera.

En el 2009 se conoció la muerte de Mariana. Aún no se sabe a ciencia cierta cómo fue su deceso. Se dice que ocurrió en medio de un operativo de la Quinta División del ejército en San Juan, Cundinamarca, donde se capturaría al Negro Antonio y fallecería Mariana junto con otras dos guerrilleras..

De las distintas hipótesis de la muerte de Mariana se destacan dos: una es la que argumentan las Fuerzas Militares y según la cual se suicidó cuando se dio cuenta de la emboscada del Ejército en el campamento guerrillero.

Por otro lado, su madre asume que fue detenida con vida, torturada y posteriormente asesinada por parte del Ejército Nacional. Dice ella que cuando recogió el cuerpo de Mariana tenía signos evidentes de tortura, como los brazos desprendidos del cuerpo, golpes y cortaduras. Deduce que murió a causa del maltrato al que fue sometida.

Mariana regreso al barrio obrero, al Policarpa, por última vez ya en un ataúd, acompañada de las personas más cercanas, su madre, su hija compañeros de militancia, amigos cercanos.

Ad portas de un acuerdo de paz, es necesario conocer y entender la realidad en la que han vivido miles de hombres y mujeres anónimos en la historia de nuestro país. Y más si han estado en la clandestinidad.

Nadie, absolutamente nadie, merece padecer los desmanes de la guerra, pero un primer ejercicio es entender que unos históricamente fueron despojados de sus historias, vidas y humanidad. Muchas personas terminaron viviendo y muriendo en la guerra, en esa guerra donde nadie ganó y en cambio sí se perdieron vidas, valiosas vidas de un lado y de otro.

Resumen Latinoamericano