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A raíz del estudio de las tesis para el XXIII Congreso del Partido Comunista Colombiano, que se llevará a efecto en fecha que está por definirse, considero importante y necesario esclarecer las diferencias que existen entre la crisis del modo de producción capitalista, las crisis económicas, las crisis del modelo de acumulación, la crisis de la sociedad capitalista y la crisis ideológica, con sus correspondientes niveles de desarrollo, sus manifestaciones más relevantes y las consecuencias para el movimiento popular.



Además creo que debemos agregar el concepto de crisis política y situación revolucionaria, porque estas categorías son una herramienta indispensable para poder comprender el estado actual del movimiento revolucionario y democrático de nuestro país, en relación con el programa democrático y con formas de lucha para llegar a un gobierno de transición, que le abra las puertas a la construcción de un poder socialista.

Dice Lenin, en el artículo La bancarrota de la II internacional, que: “a un marxista no le cabe duda de que la revolución es imposible sin una situación revolucionaria; además, no toda situación revolucionaria desemboca en una revolución”.

Con eso claro, ¿cuáles son, en términos generales, los síntomas distintivos de una situación revolucionaria? Seguramente no incurriríamos en error si señalamos estos tres síntomas principales:

1. La imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación; tal o cual crisis de las “alturas”, una crisis en la política de la clase dominante que abre una grieta por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no suele bastar con que “los de abajo no quieran”, sino que hace falta, además, que “los de arriba” no puedan seguir viviendo como hasta entonces.

2. Una agravación, fuera de lo común de la miseria y de los sufrimientos de las clases oprimidas.

3. Una intensificación considerable, por estas causas, de la actividad de las masas, que en tiempos de “paz” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por la situación de crisis, como por los mismos “de arriba”, a una acción histórica independiente.

Sin estos cambios objetivos, no solo independientes de la voluntad de los distintos grupos y partidos, sino también de la voluntad de las diferentes clases, la revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios es precisamente lo que se denomina situación revolucionaria.

Como podemos ver esta categoría nos ayuda a comprender y a caracterizar el estado actual del movimiento popular, democrático y revolucionario colombiano, y a elaborar la táctica y la estrategia adecuadas para la toma del poder político, con el fin de construir y defender las nuevas relaciones sociales de producción que conduzcan a una sociedad socialista en las condiciones colombianas.

Las condiciones objetivas en este momento están dadas y mucho más agravadas por la pandemia del coronavirus: el crecimiento del desempleo llegó en el mes de mayo al 21.4%, como nunca se había visto desde el año 2000, con 4.9 millones de desempleados (Portafolio-6-30-2020); la quiebra de muchas de las micro, pequeñas y medianas empresas, que han tenido que cerrar por falta de apoyo del gobierno, quien prefirió salvar primero los grandes bancos dueños del capital financiero del país, apoyando los créditos para los pequeños y medianos empresarios; la profunda crisis del sistema de salud, donde ciudades como Bogotá, Cali, Barranquilla y Cartagena están a punto de colapsar porque las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) se están agotando en forma vertiginosa ante la expansión exponencial de los contagiados por el virus del COVID-19; la baja cobertura de la educación que en estos momentos está atravesando por el tremendo dilema de las clases presenciales o semipresenciales, donde muchos hogares no tienen computador ni conexión a internet (además del gran problema de los profesores, de los padres de familia y de los mismos niños encerrados y muchas veces hacinados en viviendas inadecuadas de las familias en pobreza extrema); y los abuelos, los famosos “canosos”, que ya le ganaron una tutela al gobierno para poder salir de la casa en las mismas condiciones que los demás mortales de este país, no obstante la apelación del gobierno.

La violencia y la inseguridad en las grandes ciudades pasan su factura de cobro por el encerramiento de dos meses en Bogotá, Cali, Medellín, Barranquilla, Cartagena, y la otra violencia del “feminicidio” y la violencia sexual contra las mujeres, niñas y niños, como la de los siete soldados del ejército contra la niña de 13 años de la etnia embera- chami en Risaralda; para no hablar de los 201 asesinatos de los reinsertados de las Farc desde el acuerdo de paz en el 2016 (Semanario Voz-16-6-2020), de los defensores de derechos humanos y líderes sociales y de la oposición democrática; la crisis climática y destrucción del medio ambiente (ahora está ardiendo la selva en el Amazonas de Colombia, mientras Medellín y Bogotá se han salvado de la contaminación y de la polución porque no pueden transitar como antes, camiones, volquetas y particulares).

Crisis de credibilidad en las instituciones y en los dirigentes de la clase dominante, a tal punto que la noticia del día es la elección presuntamente fraudulenta del presidente de la república con los votos comprados de la ñeñepolítica; donde el fiscal general de la nación, se va de paseo con el contralor general para San Andrés y Providencia, con el cuento chino de que “primero es padre de familia”, como si con su arrogancia pudiera tapar semejante cinismo.

Crisis a todo lo largo y a todo lo ancho del país y del mundo, con base en los indicadores económicos, sociales y ambientales, agravados y profundizados por la pandemia del coronavirus.

Es la crisis social y económica del modelo de producción capitalista neoliberal agravada, como dijimos, por la pandemia del COVID-19, pero que ya venía manifestándose con signos alarmantes desde comienzos del año 2019, con el cambio climático, la baja de los precios de las materias primas como el petróleo, con la guerra en el medio oriente, con las migraciones de poblaciones humanas, con la guerra comercial entre EEUU y China, con el bloqueo económico a Cuba y Venezuela, con los “golpes blandos” en Paraguay, Honduras, Brasil y Bolivia, y con el que no han podido todavía consumar contra Venezuela, crisis de la Unión Europea con el Brexit del Reino Unido y crisis en EEUU por el asesinato de un afrodescendiente por parte de un policía, que tuvo repercusiones en las principales capitales del mundo, crisis en Ecuador por el alza de combustibles y en Chile por los impuestos y la desigualdad aupadas por el modelo neoliberal.

Sin embargo, estas realidades objetivas, independientes de cualquier grupo, partido o clase social, tienen que diferenciarse de la llamada crisis del modo de producción capitalista, pues estas manifestaciones son consustanciales a este modo de producción, contradicciones estructurales que no se van a resolver mientras no se revuelva la contradicción antagónica fundamental de este régimen de producción: entre el capital y el trabajo, entre el desarrollo permanente de las fuerzas productivas y el carácter retrasado y feudal de las relaciones de producción, que se quedaron en la época colonial de la Patria Boba en el caso colombiano, situación sui generis en toda América Latina.

Precisamente es aquí donde juegan el papel fundamental las condiciones subjetivas: las condiciones de la lucha de clases, la conciencia social y política, la organización de los trabajadores, necesarias para empujar y destruir mediante la acción revolucionaria independiente el carcomido y corrupto sistema de dominación, cambiándolo por unas nuevas relaciones de producción fundadas en la propiedad social de los medios de producción, que haga una distribución equitativa de la riqueza producida para todo el Pueblo colombiano.

En este sentido es clave el estudio del movimiento popular real, del sindicalismo actual y su papel como aglutinante democrático y progresista, del movimiento de los maestros, profesores y estudiantes universitarios, del sector campesino, étnico y popular, y sobre todo valorar y evaluar políticamente el paro nacional del 21 de noviembre de 2019, que continúa siendo el referente de lucha de masas más importante de las últimas décadas en el país, proceso cortado abruptamente por el estado de conmoción interior declarado contra la pandemia del COVID-19.

De manera que a la crisis del modo de producción capitalista, del modelo neoliberal, de la crisis económica, social e ideológica, hay que agregarle el estudio de la crisis política para que el cuadro quede más completo, y poder trazar la estrategia y la táctica acertadas para el momento político.

Es en este sentido donde adquiere importancia la categoría de situación revolucionaria, caracterizada en forma tan brillante y tan precisa por Lenin, y su relación con la categoría de crisis política, en el sentido de que no toda crisis política produce una situación revolucionaria, ni toda situación revolucionaria produce una revolución.

En cuanto a la “crisis en las alturas”, empiezan a verse síntomas muy importantes en las fuerzas armadas, en la policía y especialmente en el ejército, donde se ha desatado una cacería de brujas en este gobierno contra los supuestos delatores de las “chuzadas” y de los “perfiles” a periodistas, magistrados y líderes de la oposición, que aunque incipiente ya ha descabezado ministros, generales y suboficiales, en lo que podría ser una retaliación del nuevo gobierno de Uribe-Duque contra los generales y oficiales que estuvieron acompañando al presidente Santos en el proceso de diálogos y acuerdos de paz en La Habana, hecho que puede profundizarse durante este gobierno contradictorio y arrodillado al imperialismo de los Estados Unidos con Donald Trump a la cabeza; con la guerra con el ELN que ha duplicado sus integrantes en zonas como el Catatumbo, el Cauca y Bajo Cauca Antioqueño; con el Clan del Golfo, las Autodefensas Gaitanistas de Urabá, y demás paramilitares y narcotraficantes que siembran el caos en estas regiones y que producen grietas dentro de la institución militar como las que se han venido presentando últimamente, que deben ser aprovechadas para agitar la consigna de una nueva doctrina militar independiente y soberana que sirva para aclimatar los acuerdo de paz y construir la democracia con justicia social.

Otra de las ramas del poder público que transita por la “crisis en las alturas” es la justicia, no solo por la corrupción en altos magistrados de la Corte Suprema de Justicia, sino también por el manejo sesgado de la Fiscalía General de la Nación, que le sirve de comodín al gobierno de Uribe-Duque para tapar los grandes negocios corruptos de sus grandes capitalistas electores, como el famoso caso de Odebrecht y sus relaciones con el Grupo Aval de Sarmiento Angulo.

No se queda atrás el Congreso de la República, donde está la fuente contaminada y podrida de la corrupción, mucho más ahora con la mordaza del coronavirus, legislando y nombrando dignatarios a diestra y siniestra sin el control político de la oposición democrática, en lo que podríamos denominar como un gobierno que ha resucitado el viejo estado de sitio con la disculpa y la justificación del COVID-19; Congreso que ha evitado hasta el día de hoy una verdadera y profunda reforma democrática política-electoral.

Y ni hablar del sistema de salud puesta al desnudo por la pandemia del coronavirus, a pesar de los esfuerzos abnegados y heroicos de los médicos y de los trabajadores de la salud que mueren con los sueldos atrasados, sin instrumentos de bioseguridad, y con la incertidumbre de volver a sus hogares con el virus a contaminar a sus seres queridos. En este sector tampoco ha sido posible la reforma democrática para salvar la salud del negocio de la corrupción de las famosas EPS.

Frente a la implementación de los acuerdos de La Habana todo está por desarrollarse, empezando por la Reforma Rural Integral, con el Banco de Tierras, el catastro multipropósito, vías, educación, tecnología, y mercados para los productos de los campesinos, con el fin de asegurar la autonomía y la seguridad alimentaria en esta época de vacas flacas a nivel mundial, y para desarrollar la agroindustria para la exportación; los planes de desarrollo con enfoque territorial están estancados y saboteados económicamente con la disculpa de la pandemia y en desarrollo de la consigna de “paz con legalidad”, que no es otra cosa que la intención de “hacer trizas el acuerdo de paz”.

De la misma manera, están los compromisos con la erradicación de los cultivos de uso ilícito mediante planes de desarrollo alternativos para los campesinos y el desmonte de las organizaciones paramilitares; así como la reforma política-electoral, de la cual no quedaron ni siquiera las 16 circunscripciones electorales para los representantes de las zonas más golpeadas por la violencia, lográndose salvar solamente contra viento y marea el Estatuto de la Oposición y el Sistema Integral de Justicia Transicional, de verdad, justicia, reparación y no repetición para las víctimas del conflicto armado.

Como se puede ver el contenido de los acuerdos de La Habana es toda una agenda democrática para el desarrollo de todo el Pueblo colombiano, incluso para la expansión del capitalismo moderno, dejando atrás el capitalismo premontano, contrahecho, deformado y violento de las relaciones feudales de producción que todavía predominan en la informalidad de la economía, de la política y de la sociedad colombiana, con una reforma tributaria a favor de los grandes capitalistas y una reforma pensional y laboral que se está pensando contra los trabajadores colombianos.

Por esta razón es que el programa democrático para un gobierno popular debe estar encabezado con el compromiso ineludible de la implementación y desarrollo de los acuerdos de La Habana, que le abran la puerta a la construcción de una democracia socialista moderna.

No obstante las razones y condiciones objetivas anteriormente expuestas, plenamente maduras para la revolución democrática, hacen falta las condiciones subjetivas de que hablaba Lenin cuando caracterizaba la situación revolucionaria: Que “los de abajo no quieran” y “los de arriba no puedan”, es decir, que la crisis política general arrastre a las mayorías populares a una acción independiente que destruya el establecimiento político, económico y mediático, dando nacimiento a una nueva sociedad socialista donde el pueblo se apropie de los principales medios de producción, para la distribución, cambio y consumo de la riqueza en beneficio de la mayoría de los colombianos.

Es aquí precisamente donde hay que tener en cuenta con la mayor exactitud posible las categorías de crisis política, situación revolucionaria y la coyuntura del momento político, para lo cual son oportunas las palabras del dirigente comunista Álvaro Vásquez Del Real sobre la “utilidad del examen de la coyuntura”, quien se manifiesta en los siguientes términos:

“Sobre la base de las conclusiones que arrojan los elementos de la coyuntura y del momento político se elabora la táctica de los sectores revolucionarios. Es la forma de resumir una situación, sus aspectos centrales y sus perspectivas y tendencias más señaladas. Sin tener en cuenta el corte transversal que muestra una coyuntura es muy difícil elaborar las tareas del movimiento popular. O actuar a ciegas sin saber en qué territorio nos movemos y hacia dónde debemos dirigir lo principal de nuestra acción y de nuestra política. Es decir, sin desentrañar los datos de la coyuntura no es posible una auténtica táctica revolucionaria. Que es el arte y la ciencia de orientar la lucha en lo inmediato para ganar posiciones y acumular fuerzas que se constituyan en la base de una alternativa realmente de cambios. Por eso momento político y táctica están estrechamente unidos y dependientes uno del otro. Una táctica basada en la acción de masas, en la construcción de una propuesta alternativa auténticamente avanzada, en la creación de las fuerzas organizadas de los cambios, y en la audacia revolucionaria, que se sustraiga del vanguardismo ciego y sepa plantear la convivencia de los compromisos cuando estos se hacen necesarios, es de cierta manera el resultado de una justa apreciación del momento político que es lo que hemos convenido en designar como la coyuntura política.”

 Así las cosas, y como todos los indicios lo predicen, la gente saldrá a manifestar en las calles de las principales ciudades de Colombia, durante la pandemia y mucho más allá de la crisis del COVID-19, cuando tendrá la oportunidad de expresar su rabia e indignación en las próximas elecciones del 2022.

Por eso hay que insistir sin desmayar en las redes sociales y en los medios digitales, agitando la consigna de un nuevo poder para un nuevo Estado, un nuevo modelo de desarrollo económico y una nueva sociedad, donde no se puede descartar la posibilidad de una Asamblea Nacional Constituyente Popular para darle salida a la crisis nacional.

8 de julio de 2020

Tomado del portal las2orillas.co