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En las montañas del nordeste antioqueño la resistencia campesina sobrevivió a la ofensiva brutal del paramilitarismo, que impuso desde mediados de los años noventa un terrible y drástico bloqueo económico en una tenaza que cubría desde la Cordillera Central los municipios de Segovia y Remedios, y por el valle del Magdalena el municipio de Yondó.



Retenes permanentes de paramilitares establecían un control riguroso, que cobraba con una muerte atroz cualquier violación a las restricciones impuestas por los batallones militares en las cabeceras municipales. Era un perverso plan coordinado que evidenciaba la permanente connivencia entre estas estructuras criminales y las fuerzas del Estado, cómplices de esta malévola estrategia.

Los campesinos tenían que someterse a un odioso empadronamiento para obtener un “paz y salvo” de tránsito y, después de haber sido censado con su familia, hacer las compras de las mercancías para sobrevivir los meses que permanecerían en los lejanos y profundos territorios.

Era una modalidad impuesta desde los días de la violencia de los años cincuenta, y permanecía incólume desde entonces violando los derechos de las comunidades y preceptos constitucionales, supuestamente una estratagema para impedir el aprovisionamiento de las guerrillas, que consistía en regular al mínimo sus provisiones.

Por eso el labriego contrabandeaba algo más de sal o aceite para la supervivencia, burlando el retén del Ejército, el de la Policía y enfrentando luego el de los paramilitares, donde si era descubierto con una cajetilla de cigarrillos de más, o un gramo de granos de exceso, era asesinado, como ocurrió en la curva del basurero de Segovia camino a la región del campesinado organizado del valle del Cimitarra, donde, según relatos y denuncias documentadas, hubo casi un centenar de asesinatos.

Esta práctica de los bloqueos económicos en realidad era un castigo al campesinado, condenándolo al hambre y pretendiendo obligarlo así a desplazarse del territorio. Era la expresión viva de la lógica impuesta en la guerra contrainsurgente diseñada en el Pentágono, tan ilustrativa y tan malvada como la misma descripción, la táctica de quitarle el agua al pez.

Lo que pasaba en el nordeste en los noventa era la demencial dinámica que padecía el campo colombiano desde los años veinte.

En Colombia el modelo latifundista atado a las concepciones más atrasadas de la política y ataviado de visos semifeudales heredados de la Colonia se alzaba como el referente dominante que había impuesto a sangre y fuego el ominoso modelo de concentración en la tenencia de la tierra, la exclusión y el sometimiento en condiciones casi de servidumbre a los campesinos pobres.

El espíritu de los luchadores de todos los tiempos, la fiereza de los Pueblos indígenas que resistieron a la tragedia de la conquista, los negros que se revelaron al horror de la esclavitud y construyeron sus falansterios palenqueros, los comuneros que con su sangre derramada en las estacas donde expusieron sus desgarrados cuerpos alentaron al pueblo llano, los libertadores que cabalgaron miles de kilómetros venciendo con intrepidez y dignidad las adversidades climáticas, relieves indómitos para derrotar al imbatible ejército de su majestad enarbolando las banderas de fraternidad e igualdad, liberando esclavos, y construyendo un mundo nuevo… todo ese acumulado hermoso de batallar resuelto y resistencia había sido apagado cruelmente por la traición encarnada en la alevosía de los nuevos señores.

Las guerras civiles que irrumpieron casi al unísono del nacimiento de la república carecían de contenido liberador y transformador, eran la forma en que la nueva hegemonía consolidaba su poder, negando con una inusitada violencia que mutaba en formas tenebrosas las aspiraciones históricas de los plebeyos.

Pero desde la aurora del siglo XX, que nacía en una Colombia donde el oscurantismo político se había alzado violentamente con el poder, después de derrotar el proyecto bolivarista y el liberalismo radical anticlerical y moderno, implantando unas relaciones sociales, culturales y económicas a imagen y semejanza de lo más retardatario, también se erigía una secular dimensión de la resistencia, que en los profundos intersticios de las regiones y los territorios siempre marginados iba forjándose con la paciencia del artesano, con las amalgamas impregnadas de las herencias de las luchas ancestrales e independentistas.

Esa casi subterránea resistencia sobrevivía en los territorios profundos del país que empezaba a configurarse, y alimentó además el nuevo ejército de la clase que emergía a pesar del atraso económico y social.

Fueron hombres y mujeres del campo quienes se agolparon en las ciudades que crecían al tenor del surgimiento de empresas, canteras, circuitos productivos articulados a la explotación petrolera, o la construcción de las líneas férreas que, con la vergonzosa suma pagada por los EEUU como compensación por la separación de Panamá y el robo de canal, permitió contradictoriamente el proceso de tímida modernización, pero que contribuyó indefectiblemente al surgimiento de la clase obrera colombiana.

Campesinos en harapos y alpargatas que se convertían en proletarios, baquianos y arreadores que se articulaban como fuerza de trabajo en los pozos petroleros, pescadores y quienes bogaban pequeñas embarcaciones se volvieron tripulantes de los barcos a vapor que atiborraron el río Magdalena y confluyeron en los puertos para garantizar con sus brazos su ajetreo y movimiento.

Así se dio la emergencia de nuestro movimiento obrero, que además tenía en su corazón viva la llama de la lucha y el ejemplo que la resistencia había dejado alojada en ellos con las luchas del pasado.

La entrada a la modernidad fue una ilusión, jamás hubo un desarrollo industrial endémico, las clases dominantes no estaban interesadas en ello por su absoluta subyugación al poder extranjero y por su articulación obstinada al modelo latifundista.

Es así como el movimiento obrero, que irrumpió con el advenimiento de la nueva dimensión de clase en Colombia era poco influyente, ya que no había nuevos puestos de trabajo y por tanto nuevos sujetos articulados a la producción, así que el campo era aún una fuente de supervivencia, a pesar de las penosas condiciones e inexistente posibilidad de acceder a la tierra.

En los enclaves obreros de Girardot, Barrancabermeja, Bello, Puerto Berrio y Ciénaga sobrevino un gran movimiento de lucha por los derechos que ahora parecieran perderse de nuevo: salarios dignos, salud, vivienda y jornada laboral de ocho horas.

En las jornadas de lucha se impulsaron huelgas, algunas derrotadas y otras victoriosas, con resultados dolorosos en la historia de Colombia, que aun los poderosos se esfuerzan por negar, como la Masacre de las bananeras en 1928, pero que quedaron grabados en los trabajadores; así como luchas campesinas por el derecho a la tierra en contra del régimen de aparcería y hacienda que reproducía el aborrecible y caduco feudalismo, donde los campesinos eran una especie de siervos de la gleba, sin derecho a cultivar ni el pan coger y mucho menos a tener una centímetro de tierra de su propiedad, el coloquial no tener ni “donde caerse muerto”.

Acompasado a estas luchas, en el taller escuela de sus huelgas, nace en 1926 el PSR, Partido Socialista Revolucionario. Era la primera formación política del movimiento obrero. Allí estaba el agitador antiimperialista tolimense, pero madurado bajo el sol canicular y la lucha en Barrancabermeja, Raúl Eduardo Mahecha Caycedo, quien enfrentó en las huelgas memorables del 24 y 27 a la todopoderosa Troco, empresa del capital yanqui que succionaba el petróleo de las entrañas de nuestra tierra con el trabajo de miles de desarrapados y se lo llevaba sin contraprestación.

En esa lucha se arrebataron derechos laborales que aún hoy permanecen a pesar de las amenazas del capital.

Ignacio Torres Giraldo, María Cano, Tomás Uribe Márquez, son algunos de los nombres que están plasmados e indelebles en la memoria de nuestras luchas y que recorrieron palmo a palmo el país de aquel entonces, organizando en sindicatos y en el partido a miles de obreros, llenando de luz con su fogosa palabra y su combatividad aquellos oscuros días.

Las tendencias, la inmadurez política y el síndrome de orfandad que veía como padre al Partido Liberal hicieron mella en el joven partido. Las fracasadas y apresuradas acciones insurreccionales, los debates inconclusos, el sectarismo y la terrible persecución del régimen conservador desataron la crisis, pero ya había quedado sembrado el ímpetu y la potencia en un nuevo tiempo.

La situación económica mundial, el desempleo, la pobreza creciente, volcaban las gentes a las calles, generando un ambiente favorable para la concreción de un Partido de carácter revolucionario y que en verdad representara los intereses de los excluidos.

Ya en los años veinte el poeta y padre del periodismo Luis Tejada Cano había construido los primeros núcleos más decididos de intelectuales revolucionarios que se reclamaron comunistas.

En sus sesiones clandestinas y algo idílicas reunió a los protocomunistas que dieron el primer paso. El exótico ruso Silvestre Savitski, que según sus bucólicas historias había conocido al mismísimo Lenin y ahora trabajaba curtiendo cueros en la fría y vetusta Bogotá, el poeta nacional Luis Vidales, el luego jefe liberal Gabriel Turbay, el obrero Manuel Avella, el maquinista de tren Lozada y un puñado de idealistas jóvenes, que ardían dentro por construir un mundo nuevo. Esos nombres estarán siempre en la memoria de la disputa histórica contra el poder y la ignominia.

Esta experiencia, que más parece una novela de aventuras, fue un paso en la dirección del nacimiento de una nueva formación, que encarnara los valores de esa trayectoria vital de combate y de sueños.

Al romper definitivamente el cordón umbilical frustrante con el liberalismo, el 5 de julio de 1930 se reúne en Bogotá el pleno ampliado del PSR, y después de acoger las 21 condiciones de la Internacional Comunista, que promovía después de la Revolución soviética de 1917 la emergencia de Partidos de clase, se protocoliza la fundación del Partido Comunista.

A la histórica reunión asistieron trabajadores de la construcción, intelectuales, mujeres, artesanos, obreros petroleros y bananeros, abogados, estudiantes, tipógrafos, los indígenas Eutiquio Timoté y José Gonzalo Sánchez. Era el primer partido que dirigirían hombres y mujeres que provenían del corazón de los territorios y que con su trabajo eran el nervio y sangre del país.

El bautizo de fuego debería ser en las calles, así que el 17 de julio, hace noventa años, esta pléyade de luchadores llenaron con sus arengas y consignas la gris tarde de ese jueves en la Plaza de Bolívar. Desde entonces sobrevinieron la persecución y el estigma. El mitin fue disuelto con violencia por los gendarmes de la Policía y los manifestantes terminaron en el Panóptico y el Buen Pastor.

Eso no desmotivó al nuevo Partido, que impulsó toda una cruzada por los derechos de los trabajadores, la reivindicación de los Pueblos originarios y la lucha contra el latifundio. De esa manera el Partido acompañó las huelgas de peones y arrendatarios en la región del Tequendama en Cundinamarca, y protagonizó las inolvidables y victoriosas luchas agrarias en las haciendas Buenavista, La Florencia y El Chocho, convirtiendo la región en un baluarte de la lucha comunista que se fusionó indisolublemente con las aspiraciones del campesinado.

De allí la presencia que echó raíces en Viotá, donde el Partido se refugió en múltiples ocasiones, y donde la resistencia agraria estructuró sus planes de lucha, su programa y su estrategia.

Lorenzo Camacho llegó con sus hijos a las estribaciones de la serranía de San Lucas. Venía huyendo de la violencia contra la Unión Nacional de Oposición, convergencia política impulsada por los comunistas, a finales de los años setenta. Había sido concejal comunista en Yacopí, Magdalena Medio cundinamarqués. A los concejales y dirigentes comunistas, como en Cimitarra y Puerto Berrío, los habían asesinado uno a uno. Don Lorenzo se desplazó con los suyos para seguir luchando, como me dijo alguna vez que llegué a la finca que había fundado en la vereda Ojos Claros en el nordeste antioqueño.

Su casa se alzaba en una pequeña colina frente al río Tamar, que al unirse unas horas de camino abajo con el Ité forman el río Cimitarra. Esa posición envidiable la hacía un oasis fresco en medio de esa montaña húmeda y sofocante.

“Paré por aquí, porque habían muchos campesinos que se refugiaron de esa violencia, ya teníamos muchas en la espalda, pero toda la vida habíamos trabajado y luchado por la tierra, si nos la arrebataban volveríamos a abrir donde vivir y sobrevivir, además contábamos con la orientación del Partido” me dijo.

Esa noche de relatos me conmovió. Un hombre que en su rostro llevaba las marcas de una vida dura marcada por la desgracia del desarraigo no dejaba de hablar con una emoción que transformaba sus expresiones y avivaba sus ojos. Doña Blanca, su compañera, le terminaba sus frases recordándole las peripecias para sobrevivir y sus aventuras en el trabajo de organización de Partido en la región.

–¿Y su célula?, uno sin organismo de Partido no milita- , le pregunté en tono burlón.

“Aquí ya no hay, todos vivimos muy lejos y el regional no volvió por la guerra, pero no hace falta, leo el Voz que llega al mes, escribo canciones de lucha y trabajo con la Asociación para defender el territorio, y mis hijos están en la resistencia… Sigo siendo un comunista, mejor venga le canto una”.

Empezó a entonar acompañado con su guitarra en ritmo guascarrilero un corrido de la lucha contra el paramilitarismo en el nordeste, que luego lo escuché de nuevo en la acción humanitaria que logró levantar los bloqueos económicos impuestos contra el campesinado, y después en los campamentos ecológicos y los encuentros y movilizaciones que siempre acompañó, hasta su muerte en marzo del 2018.

Allí en esos eventos estaban Don Lorenzo, Alvarito Manzano, Don Carlos Martínez, Doña Esidelia, Don Gilberto, tantos y tantas colonos del valle del río Cimitarra y fundadores de la Asociación, que al entablar con ellos una charla sobre su historia en la región había siempre un lugar común: el Partido, sobre el que recaía un recuerdo y una especie de reverencia especial. Era casi el hilo conductor de sus vidas y su lucha agraria.

Al escucharlos, entendí por qué no se trata de un día común conmemorar cada 17 de julio el nacimiento del Partido o sus noventa años. Es saludar en este día y ante todo reivindicar la lucha de un Pueblo que le ha arrancado a la muerte la posibilidad de arrebatarle la dignidad.

18 de julio de 2020

Tomado de Agencia Prensa Rural