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En medio de la agitación creciente generada por las decisiones de un gobierno con cada vez menor popularidad, su defensa incondicional de las actuaciones de sus esbirros, las opiniones cada vez más sesgadas de sus defensores y funcionarios de confianza, vuelve a colación el tema de los VÁNDALOS.



Los vándalos, esos sujetos que suelen aparecer en el momento menos adecuado, en los sitios que generan menor seguridad a los manifestantes, verdaderos cuellos de botella, encerronas cantadas; esos que actúan como justificadores de la violencia oficial indiscriminada, a los que muchas veces han retratado en sospechosas proximidades y complicidades con efectivos policiales, provocadores que aparecen en sorprendente sincronía unos minutos antes de que caiga sobre los manifestantes, muchas veces de sorpresa, el ESMAD con sus cascos ocultadores, sus contundentes mazos y sus armas “no letales” que ya han causado tantas muertes.

Los vándalos que se roban el protagonismo de la protesta, las primeras páginas de los diarios oficiales, que llaman con sus acciones violentas la atención de la prensa que cubre con perversidad los actos de estos sujetos y no las reivindicaciones de los manifestantes.

Los que justifican los llamados evasivos de los funcionarios gubernamentales que deberían ponerle cuidado a los reclamos justos de la muchedumbre que se hace presente, pero que se limitan a hacer proclamas a la paz y a la concordia, al respeto y al orden, sin entrar a tocar los puntos candentes que generan el reclamo, pasando por alto el buen comportamiento del 99.9% de los manifestantes y priorizando el caótico y agresivo comportamiento de los violentos.

La estigmatización de la protesta no sería tan fácil sin no aparecieran, bajando de las nubes de gases lacrimógenos, como funestas aves, vestidos de negro, cubriendo sus caras, lanzando proclamas feroces, los caóticos sujetos que justifican con su actuar la represión, la condena y la satanización de la protesta social.

Llama la atención entonces, pero ya no sorprende para nada, la perfecta coordinación entre ellos y la aparición y ataque del ESMAD, las múltiples pruebas fotográficas y fílmicas de que actúan en forma sistemática y provocadora para romper la huelga, permitir y justificar su represión, generar un ambiente enrarecido de criminalización contra los que protestamos, un desvío de la atención de los temas importantes diferentes a su capacidad destructiva.

Fácil sacar editoriales, mostrar fotos de vándalos en acción, intentar justificar la matanza y fusilamiento de los manifestantes por parte de los efectivos policiales con los vándalos a quienes, extrañamente nunca capturan pese a que sus acciones las realizan en los puntos más complicados para correr y ponerse a salvo.

Las víctimas del 9 y 10 de septiembre no eran vándalos, eran muchachos comunes y corrientes muchos de ellos domiciliarios o jóvenes que iban para su casa desde el trabajo. Sólo por respeto a las víctimas deberíamos profundizar un poco más allá de los que la prensa cooptada nos muestra.

Históricamente los «rompehuelgas» eran sujetos preparados y dispuestos para eso, generar violencia, desacreditar la huelga, permitir y justificar la represión, la persecución y el asesinato de los rebeldes, no es un tema nuevo, se dieron casos documentados desde el siglo XIX, talvez desde antes. El juego sucio siempre ha existido…

El juego sucio que da réditos a quienes ejercen la violencia oficial, el juego sucio que apela a las masacres, que apela a la difamación y la calumnia, una Minga organizada y respetuosa que llega de un largo viaje desde la Colombia profunda y es recibida con entusiasmo por la gente que espontáneamente se hace a lado y lado de la vía para alentarlos, agradecerles su valentía, su coherencia, su orden.

Miles de kilómetros recorridos en paz por una muchedumbre de más de 10.000 indígenas para reclamar por sus derechos fundamentales permanentemente violados, y aparecen unos sujetos embozados, dando la espalda con un cartel alusivo a la muerte del gran prestidigitador de la violencia y de la corrupción en el país.    

En ese mismo instante las fotos, los comentarios de la autodenominada gran prensa se dirigen hacia ellos, que buena oportunidad de desconocer las pretensiones justas de la marcha, que buena oportunidad de generar y justificar un ataque como el que aviesamente hace Iván Duque quien, con estudiada indignación, asegura que los marchantes son poco menos que traidores a la patria, difusores de una terrible enfermedad.

Lejos quedaron las aglomeraciones causadas por el famoso viernes COVID, lejos quedaron la reactivación a marchas forzadas de la economía y el envío a la calle de miles, millones de trabajadores, para salvar la economía a costa de la muerte de unos cuantos miles (A fecha de hoy ya son más de 29.000 los muertos), lejos quedó la reactivación de los vuelos, la demora en cerrar el aeropuerto el Dorado. Todo ello, como por arte de magia, por un cartel escrito en mayúsculas para hacerlo más visible, sobre fondo negro como algunas águilas, “Es necesario que Uribe muera”

Grave agresión, oportuna agresión, él el eterno, el gran colombiano, el prócer de las CONVIVIR, el gran autorizador de las pistas y de los aviones, el de los falsos positivos, el de los tres huevitos, la seguridad democrática, las mayores cifras de desplazamiento y asesinato de líderes sociales, no puede ser tocado por la muerte, tampoco se le puede decir expresidiario pese a haber estado preso en su hacienda y estar aún bajo investigación por los organismos judiciales, Uribe el inmortal, el inmoral, el todopoderoso, el temible.

De nada valió la guardia indígena, la disciplina, el cuidado de los marchantes, cinco o seis sujetos enmascarados, dando la espalda, sosteniendo un trapo negro como sus conciencias, fueron suficientes para justificar la andanada de odio, de terror, de desprecio, de racismo, de los áulicos del gran colombiano, incluido el presidente, quien, dicho sea de paso se ha negado en forma reiterada a recibir a los líderes indígenas, tal como ya es habitual en él cada vez que algún grupo poblacional que no sea por supuesto Maluma, Carlos Vives, J. Balvin, se lo solicita: Así sucedió con los estudiantes, con el comité de paro y, de seguro, seguirá sucediendo con quienes crean que accediendo a su altísima y arrogante presencia tendrán un avance en la solución de sus más sentidos reclamos y necesidades.

Colombia es una construcción colectiva, es un proyecto de nación que se reedita a diario, una sumatoria de sueños y ambiciones, nadie se puede arrogar el derecho de convertir nuestro país en un monólogo, en un acto mesiánico o caudillista.

Reconocer nuestras diferencias, respetarlas, considerarlas nuestra mayor fortuna, nuestra mayor riqueza, nos convertiría en una nación más incluyente, más democrática, más viable. Dejar de lado el lenguaje de odio, de difamación, de calumnia es un propósito posible. ¡Hagámosle!

22 de octubre de 2020
Tomado de colmedcundibogota.com